El abrazo
¿Hasta dónde somos capaces de mentir para atrapar a quien amamos?
Un dulce olor a tierra mojada inundaba mi habitación la noche en que, silencioso y esquivo, llegaste a mí. Yo te esperaba paciente, como siempre lo hago, mirando la lenta danza de la luna en lo más alto del cielo. Imaginaba tu presencia, la forma en que llegarías. Te amaba y deseaba en ese silencio que solo existe en el mundo cuando todos duermen y solo nos arrulla una suave brisa que trae recuerdos de seres pasados.
A ratos cerraba los ojos para pasar el tiempo. Mi cuerpo entero se agitaba en una leve desesperación para que llegaras. Casi podía sentir en mi piel cómo las sombras de la habitación se alargaban a cada hora y parecían cobrar vida frente a mí. Tu ausencia era infinitamente más palpable y hacía insoportable mi existencia. Ni siquiera la pálida luz de la luna, compañera inseparable desde hacía tiempo, lograba reconfortarme. Con miedo me asomaba a la ventana examinando el horizonte, y mi deseo y amor crecían a cada momento en que me faltabas.
Cuando dejé de esperarte, llegaste. No sé de dónde ni cómo, pero llegaste.
Te miré desde la oscuridad, temerosa de que mi presencia te asustara; de que mi ansiedad por tenerte a mi lado te alejara de mí para siempre. Por eso comencé a hablarte con suavidad. Al principio, intrigado, buscabas la fuente de aquella voz femenina que movía algo en ti, sin saber si para bien o para mal. Yo sabía que si me escuchabas unos instantes más, el hechizo de mi voz conjuraría tu presencia cada noche hasta que estuvieras cerca de mí. Tan cerca, que el aroma de tu ser se confundiría con el mío.
Por eso te hablé de mí. Te conté cosas que nadie ha sabido; te relaté las anécdotas más importantes de mi vida; te hablé de los seres que habitan las noches de verano y otoño. Inventé sueños que imaginé que soñarías para hacerte sentir que no éramos tan diferentes, aunque quisieras insistir en ello.
Tú te paseabas por la habitación. Ibas de objeto en objeto, inspeccionando todo con una impaciencia mal disimulada. Tus ojos iban descubriendo este universo diminuto que es mi morada. Yo sabía que así, poco a poco, irías descubriendo lo que soy. De esa manera me entregaba yo a ti, sin esperar nada a cambio.
Cuando miraste al lugar desde donde te hablaba pude apreciar en tus ojos la tranquila vida que tanto tiempo he estado buscando. Indeciso pero intrigado, te acercaste al lugar desde el que te esperaba. Algo en mi tono de voz te hizo desconfiar y, así como habías llegado, te fuiste sin decir una palabra. De nada sirvieron mi llanto ni mis súplicas.
—Te necesito —dije mientras te alejabas—. Te necesito.
Ya sin esperanzas de que regresaras, pensé en ti. Ya no eras un producto de mi imaginación; de algún modo te había conjurado. Habías estado tan, tan cerca de mí que tu ausencia ahora era como encontrarse temblando en medio de un desierto a la medianoche. Te deseé aún más que antes. Necesitaba poseer tu cuerpo. Hacerte saber de algún modo lo que sentía. Pero imaginando que quizás no regresarías, no me quedaba más que esperar y soñar.
Mientras te esperaba en aquellas noches interminables solía soñar que unas alas enormes y azules me llevaban lejos, lejos de esta vida. Desde el cielo miraba la ciudad y me parecía que todos los días pasados eran de una cualidad mediocre al compararlos con aquel momento en el cual flotaba y me dirigía hacía el sol. Estaba viva como nunca. Sin embargo, aun en el sueño podía sentir cómo mi cuerpo moría poco a poco. Cada momento en el cual estuvieras ausente me acercaba más y más a la muerte.
Por eso te amé y te amo aún ahora, cuando tan solo eres un recuerdo. Porque tú, de tantas formas, me diste la vida. La esperanza de ti me había hecho reflexionar sobre el amor y el deseo. Descubrí que para amar, y para desear, tan solo era necesaria la voluntad firme de hacerlo; de desprenderse de los temores y dejar que aquellas fuerzas recorrieran un camino lento y azaroso desde nuestro interior hasta el objeto presa de aquellas emociones. Y si no había respuesta, quizás no importara. Los destinos de los seres como nosotros raramente están creados para complacer nuestros deseos mezquinos.
Ahora que eres tan solo esa imagen en la memoria me doy cuenta de que elegí amarte porque podía hacerlo. Porque, lejos de necesitar tu presencia tan cerca de mí para seguir con vida, era necesario santificar nuestra unión por medio del amor y el deseo.
Una noche me di cuenta de que era inútil tratar de encontrar refugio en ideas y sensaciones que nunca podrían ser realidad. Y, para mi sorpresa, al despertar, ahí estabas de nuevo tú en la habitación. Quieto y anhelando, quizás, que te hablara. Yo no tenía más que decir. Un cansancio que entumecía mis extremidades se iba apoderando cada vez más y más de mí. Todo lo que te mencioné a partir de esa noche fueron mentiras construidas en el acto para seducirte, para acercarte a mí, para hacerte olvidar tus temores naturales. Tú solo escuchabas moviendo impaciente la cabeza, como si realmente entendieras lo que te decía. Cuando te marchaste sabía ya, con total certeza, que regresarías.
Seis noches regresaste a mí. Desde la primera rompiste el silencio para contarme tu vida con toda calma. En la segunda noche, adiviné con cierta decepción que también comenzabas a mentirme. Intuí entonces que la existencia de todos los seres que aman, o que son amados, tiene fecha de caducidad. Después de un tiempo, el ser amado tropieza con el límite de nuestra persona y entonces es necesario inventarse una vida nueva para intrigarlo de nuevo. Es por eso que los amantes terminan mintiendo por necesidad, para evitar que aquello que se ha formado entre ellos se rompa de alguna forma.
En la cuarta noche era obvio que nos amábamos. Pero tú aún rehusabas acercarte a mí. Quizás comprendí el porqué. Quizás no. Solo nos quedaba el silencio que es propio de aquellos que han decidido entregarse a alguien más sin rencores ni ataduras.
En el sexto día, cuando dejé de esperar que te acercaras, y la presencia de la muerte se hacía cada vez más precisa y comenzaba a dibujar una forma negra y sinuosa a mi derecha, decidiste al fin venir a mí. Nunca te amé más que cuando noté que renunciabas a todo por estar a mi lado. Me preguntaste tantas veces si de verdad te amaba que quizás te mentí en algún momento al responderte que sí.
Al percibirte cada vez más cerca, algo dentro de mí comenzó a despertar con extraña calma y poco a poco se fue adueñando de mi cuerpo. Cuando ambos pudimos sentir el calor de nuestros cuerpos, cerraste los ojos. Así quedaste atrapado en mi laberinto. No demostraste ningún temor cuando me acerqué con calma y te atraje hacia mí con ocho caricias. Luego nos unió aquel abrazo lento y lleno de amor con el cual por fin te rendías a mí. Recuerdo con certeza que las palabras y las promesas sobraban en aquel instante en el cual nuestros cuerpos sin prisas ni aspavientos se convertían en uno.
Recuerdo también, con precisión, las figuras invisibles que formabas al batir tus alas despacio mientras yo te poseía en silencio y sin remordimiento alguno.
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